Monday, January 27, 2014

Un helado en la Plaza de Guayama

Sábado en la noche y ya casi salían los feligreses de la misa de las 7:00 pm de la Parroquia  San Antonio de Padua. Si no llegaban a los veinte años tampoco parecían sobrepasarlos. Era menuda y tanto su tez como sus ondas doradas hablaban de su concurrida actividad al aire libre. Él tenía cuerpo de adolescente blanco norteamericano. Blanco, rubio platinado, piernas gruesas, espalda ancha y huesos grandes. No sé si se pusieron de acuerdo para usar “shorts” rojos, de esos que parecen gastados, pero que se compran ya así. Combinados como para demostrar su correspondencia, por aquello de que su brazo fortachón agarrando su cuello al caminar no se entendiera como que ella era su territorio. Se veían felices. Él sentado en el banquito de la plaza tirado para atrás con sus brazos abiertos, recostados del espaldar y las piernas abiertas cómodamente mirando hacia el frente, ella sentada de lado en el borde, sus piernas dirigidas hacia el cuerpo de su chico. Charlaban de lo lindo, ella hablaba más que él quien en ocasiones la escuchaba mirando a ver qué estaba pasando en la plaza.

Habían llegado con su bolsita de papel blanco y rosita de Baskin Robbins. Ya sentados sacaron sus helados y lo disfrutaron en uno de los banquitos frente a la fuente. La tertulia fue inducida a concluir por la culminación del postrecito. Una estampa linda ésa de comer helados en la Plaza de Guayama sentados en un banquito, frente a la fuente, rodeados de otras parejas y familias que hacían lo mismo para entretenerse y compartir un sábado en la noche en Guayama.
Pero el helado de ellos era de Baskin Robbins.

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